LECTURA III: La felicidad
como proyecto personal, de Enrique Rojas, Psiquiatra español.
CURSO: EDUCACIÓN DE
LA VOLUNTAD DESDE LA MIRADA DEL CINE
PROFESORA: ANA MARÍA MADARIAGA
MEZA
Enrique Rojas
La conquista de la voluntad
Cómo conseguir lo que te has
propuesto
© Enrique Rojas Montes, 1994
© EDICIONES TEMAS DE HOY, S.
A. (T. H. ), 1994
LA FELICIDAD COMO PROYECTO PERSONAL
El tema de la felicidad tiene
un fondo interminable. Para llegar a ser feliz es necesario que la vida tenga
argumentos concretos, sólidos, firmes, que arrastran al hombre hacia lo mejor.
Decía André Maurois en su libro Sentimientos y costumbres que es más fácil
definir la felicidad por las carencias que el hombre tiene que por las que
posee.
La felicidad es la aspiración
más completa del hombre, la más alta, su vocación fundamental, su inclinación
primaria, hacia la que apuntan todos sus esfuerzos. Aun en las situaciones más
difíciles y complejas en las que pueda verse el hombre, ése será su objetivo. Unas
veces se presenta de forma clara y concreta; otras, lo hace de modo difuso y
abstracto, pero ésa es la meta. La felicidad es el bien supremo perfecto, y su
objetivo la realización plena de uno mismo. Esto se concreta en dos segmentos
claves: 1) haberse encontrado a sí mismo, es decir, tener una personalidad con
cierta solidez, en la que uno se encuentra a gusto, y 2) tener un proyecto de
vida.
Ahora vamos a referirnos
especialmente a la segunda. ¿Qué significa tener un proyecto de vida? ¿Qué
quiere decir esto? ¿Cómo debe ser entendido? La felicidad consiste sobre todo
en ilusión. Con ella la vida se vive como anticipación. Nos adelantamos, la
vamos diseñando y cuando llega lo anticipado, lo saboreamos lentamente,
paladeando lo que trae consigo. La felicidad está basada en encontrar un
programa de vida atractivo, satisfactorio, capaz de llenar y que sea el
acompañante esencial de la existencia, de nuestra biografía. La vida es
argumental y el proyecto su contenido.
Veamos cuáles son sus
principales características. El proyecto debe ser personal; uno mismo lo
diseña, y como protagonista del mismo, su arquitectura la elaboramos según
nuestras preferencias personales. Pero es decisiva la voluntad para llevar a la
práctica todo este diseño de nuestro porvenir, que responde a unas aspiraciones
particulares que constituirán el texto de la vida propia, lo que le dé sentido
a la trayectoria de cada uno.
Sentido implica tres rasgos
complementarios: contenido o tejido sustancial del programa; dirección, que es
el aspecto vectorial de la travesía personal; y, por último, unidad, una
estructura en donde quedarán integrados armónicamente una serie de distintos
elementos.
Para que se desarrolle de
forma adecuada el proyecto personal hay que conocer bien el contexto en el que
nos lo hemos propuesto. Esto se traduce en estar en las coordenadas de la
realidad, en donde se desenvuelve la vida propia, lo cual comporta dos
condiciones: conocer las aptitudes y las limitaciones de cada uno.
Por las primeras sabemos para
lo que estamos dotados y buscamos esos parajes; por las segundas, nos damos
cuenta de los márgenes que ha de tener nuestra andadura.
Sin un serio esfuerzo no puede
llevarse a cabo. En él se dan cita un conjunto de elementos determinantes, sin
los cuales resulta muy difícil que éste prospere. Hay que combatir dos
peligros: la dispersión, o sea, querer abarcar demasiado, y además, decir que
sí a otras incitaciones interesantes, lícitas pero que distraen de la tarea
principal.
Las velas que ayudan a la
navegación del proyecto de vida son el orden, la constancia y la voluntad.
Orden es jerarquía, disciplina, saber que unas cosas anteceden a otras y que se
necesita una programación; el orden es sedativo, nos produce paz y serenidad,
nos facilita lo que tenemos por delante y que es prioritario. Por otra parte,
está la constancia: empeño, insistencia,
no ceder terreno, no darse por
vencido, perseverar..., de este modo los propósitos se van haciendo férreos,
firmes, sólidos, pétreos. Hay que ser obstinados con nuestro proyecto personal,
es la única manera de que salga adelante. Y en tercer lugar, está la voluntad
que podemos definir como aquella capacidad psicológica que hace al hombre
singular. Es decir, que la voluntad se educa a base de ejercicios repetidos de
entrenamiento, a través de los cuales uno busca lo mejor, aunque le cueste;
siempre hay en este trasfondo unas notas marcadamente ascéticas. El hombre con
voluntad suele tener una mayor resistencia para no desmoronarse ante la
adversidad; pero no hay que olvidar que tener una voluntad firme no resulta
fácil, sino que requiere aprender a negarse a lo no resulta fácil, sino que
requiere aprender a negarse a lo inmediato, buscando lo que está por llegar.
El que tiene voluntad es
verdaderamente libre, consigue lo que se propone.
Debo estar preparado para todo
tipo de eventualidades que puedan sobrevenirle a mi proyecto. La vida tiene
siempre recodos imprevisibles. Cualquier trayectoria biográfica es azarosa,
está
tejida de hilos que se enlazan
y se entrelazan; de ahí la necesidad, antes o después, de restaurar el
proyecto: cambiando, puliendo y perfilando sus aristas.
En alguna ocasión, he
comentado la tetralogía de la felicidad que yo propongo: tener una personalidad
que se ha encontrado a sí misma, vivir de amor, trabajar con sentido y poseer
la cultura como fondo; o sea amor, trabajo y cultura. Soy feliz cuando mi vida
tiene un proyecto, en el cual se van desarrollando estos tres rasgos.
Por eso, a medida que pasan
los años tengo más elementos de juicio para analizar cómo va ésta. Al hacer
balance existencial extraigo de él el haber y el debe. Me examino. Y cada etapa
del viaje me ofrece un sabor distinto, según la haya vivido. La alegría y la
tristeza, la ilusión y la decepción, el abandono de las metas propuestas, el
continuar hacia adelante empeñado en llegar a donde uno había previsto, etc.
Sin olvidar, por otra parte, que todo análisis de la vida personal es siempre
doloroso. A través del mismo, cada parcela del proyecto va rindiendo cuenta de
su viaje.
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