LECTURA I: TRASTORNOS
DE LA VOLUNTAD
CURSO: EDUCACIÓN
DE LA VOLUNTAD DESDE LA MIRADA DEL CINE
PROFESORA: ANA
MARÍA MADARIAGA MEZA
Enrique Rojas
La conquista de la voluntad
Cómo conseguir lo que te has propuesto
© Enrique Rojas Montes, 1994
© EDICIONES TEMAS DE HOY, S. A. (T. H. ), 1994
XII. TRASTORNOS DE LA VOLUNTAD
LAS ENFERMEDADES PSÍQUICAS Y LA VOLUNTAD
Llegamos a un apartado propio de un tratado
de psiquiatría: las alteraciones psicológicas que se pueden producir en la
voluntad. Pero quiero hacer una observación previa: la voluntad es uno de los
temas olvidados por la psicopatología y la psiquiatría, ya que aparece como
algo marginal, periférico y escasamente estudiado.
La razón es la siguiente: se la ha hecho
depender de la afectividad, la inteligencia, los impulsos, etc. La voluntad es aquella facultad capaz de
impulsar la conducta y dirigirla hacia un objetivo determinado, contando con
dos ingredientes básicos: la motivación y la ilusión, como ya he mencionado en
páginas anteriores.
Rafael Alvira (NOTA 1) retoma el tema de la
voluntad, bastante descuidado por la tradición filosófica, para situarlo en las
coordenadas del pensamiento actual, considerando que la inteligencia y la
voluntad, conocer y querer, son dos modalidades distintas, pero convergentes,
del pensamiento moderno. Es la voluntad la que nos eleva de lo pasajero a lo
temporal. Polaino Lorente (NOTA 2) subraya que la voluntad está implicada tanto
en el autocontrol como en la auto posesión: «Gracias a ella el hombre aprende a
flexibilizar y a retrasar su conducta impulsiva y adquiere el hábito de decir
que no. » Se ha venido manteniendo la idea de que memoria, entendimiento y
voluntad eran las tres potencias del alma. La voluntad es el capitán del barco,
la memoria es el cuaderno de bitácora y el entendimiento es el mapa, el plano
sobre el que diseñar la travesía.
En toda enfermedad psíquica existe un
menoscabo, una disminución de la voluntad. Cito las más representativas y
frecuentes: los trastornos depresivos mayores, en los que la falta de voluntad
se manifiesta de forma considerable y especialmente en las fases agudas; la
ansiedad: desde los ataques de pánico hasta los estados de ansiedad
generalizada, cuya intensidad va a depender de la fisonomía del cuadro clínico
y de los factores externos. Y, en menor medida, los trastornos de la
personalidad: aunque no es lo mismo ser histérico que tener una personalidad
por evitación o esquizotímica.
No olvidemos que la voluntad tiende a la
organización adecuada de las decisiones y de la conducta, y que está
estructurada de acuerdo con dos factores principales, sus verdaderos resortes o
puntos de apoyo: la motivación y la ilusión.
La motivación, el motus, que arrastra, mueve,
estimula y conduce a la actuación, comporta una cierta representación de la
meta o de aquello que se persigue como fin concreto. La motivación es una
cualidad específica del hombre, en la que éste se retrata: hay una elección
personal previa. Frente a ella están lo que yo llamaría las apetencias, que
brotan del deseo, y que no surgen de uno mismo, sino de la atracción del
entorno exterior, y se relacionan más con el mundo de las sensaciones. Los
motivos configuran más el proyecto y, de alguna manera, aspiran a la mejora
personal; mientras que las apetencias responden a algo momentáneo, que puede
incluso frenar el proyecto o comprometer la libertad personal... aunque eso sea
difícil de ver al principio. De ahí que sea tan fácil torcer una vida.
El comportamiento se mueve en una dialéctica
estímulo – respuesta; medios – fines. El
fin o la meta es el estímulo para ponerse a funcionar. Si la motivación es
elevada, engrandece a la persona y sirve como punto de referencia para
continuar, para ser constante. Entonces, la voluntad se desliza por unas
coordenadas que aun siendo costosas en los comienzos, se vencen a medida que se
aprende con pequeños vencimientos.
NOTA:
1 Véase su libro Reivindicación de la
voluntad, Eunsa, Pamplona, 1988.
2 Cfr. dos libros suyos: Psicología
patológica, UNED, Madrid, 1992; y Las depresiones infantiles, Alhambra, Madrid,
1989. Para él los trastornos de la voluntad deben inscribirse en la patología
de la decisión humana.
EL
SÍNDROME APÁTICO-ABÚLICO-ASTÉNICO
Hay una enfermedad psicológica que cobija en
su seno tres notas parecidas, pero diferentes cuando las analizamos pormenorizadamente,
y que constituyen una sintomatología que origina el síndrome mencionado en el
epígrafe de este apartado.
Apatía significa etimológicamente falta de
afectividad o lo que es lo mismo, una resonancia sentimental casi nula, como si
alguien careciera de sentimientos (NOTA 3).
La apatía se define como una indiferencia
absoluta y que paraliza todo el campo de la afectividad. Está caracterizada por
la desidia, el abandono, la pasividad, la frialdad; en una palabra, la
insensibilidad para
captar todo lo humano... Todo se mueve hacia la inercia, el aburrimiento y la
ambigüedad.
La abulia es
esencialmente un estado vinculado al campo de la voluntad y que puede definirse
así: falta o disminución muy acusada de la voluntad, aunque la disminución de
la misma es más correcto llamarla hipobulia. La actividad no se dirige a ningún
punto, no hay meta que alcanzar, porque se está supeditado a una situación en
la que lo más importante es la desmotivación. Es decir, no estar motivado es un
estado psicológico comparable a estar deprimido, ya que conduce a un desinterés
envolvente, que va a encaminarse hacia el abandono del proyecto personal en sus
distintos apartados. La desmotivación es una actitud gélida que conduce a la
falta de acción; es la indefinición por excelencia de las acciones que se
encaminan hacia algún punto. La voluntad tiene siempre una referencia
prospectiva. Es anticipación y elección a la vez. Pues bien, en la abulia todos
estos rasgos aparecen quebrados y sin resortes.
Por último, la
astenia, que puede ser definida como un cansancio anterior al esfuerzo. El
cansancio tiene dos aspectos: uno físico, que se produce tras una laboriosidad
excesiva, y otro psicológico, que es sobre todo subjetivo y que no depende de
las tareas llevadas a cabo, ni de estar fatigado por dicho afán. Cuando
hablamos de una persona asténica, nos referimos a alguien que se levanta sin
energía, sin vigor, que está extenuada.
Los tres estados
definidos en el síndrome apático-abúlico-asténico pueden tener dos orígenes:
factores físicos y psicológicos. En el primer caso pueden ser muchas las
enfermedades que den lugar a ello: bien de estirpe neurológica, o bien
referidas a la medicina general.
Aquí alinearíamos a
muy distintos cuadros clínicos, desde problemas metabólicos a infecciones,
pasando por enfermedades degenerativas, hasta aquellas otras más comunes que
frenan el nivel de actividad. Siempre, a la hora de estudiar a una persona que
muestra alguna de estas características —apatía, abulia o astenia— hay que ver
la posibilidad de descartar la existencia de una base clínica. Cuando esto no
se confirma, entonces hay que pensar en una etiología psicológica, en la que
entran distintos rasgos que deben ser considerados detalladamente. Veamos la
siguiente historia clínica.
Se trata de una chica
de Madrid, de 19 años, la segunda de cuatro hermanos. Viene a la consulta a
regañadientes; la traen sus padres porque no estudia, no hace nada y desde
siempre ha sido una chica de poca voluntad, lo que se ha manifestado en una
escolaridad deficiente.
Inteligencia. Su
capacidad intelectual general, tanto en el sentido del razonamiento práctico
como en la comprensión verbal, están dentro de los límites normales. Su
exposición verbal es escasa y su razonamiento abstracto tiene poca entidad,
dada la poca afición que ha tenido a la lectura (su padre es un buen
profesional liberal, pero muy poco culto; la madre es ama de casa y su bagaje
cultural está centrado en dos temas: leer revistas del corazón y ver la
televisión).
Personalidad.
Inmadura. Soñadora, poco realista con lo que ha hecho hasta ahora y con su
futuro. Tendencia a la pasividad, al abandono y a la desidia. Sólo hace lo que
le gusta o le apetece. No tiene casi inquietudes culturales: ha leído tres o
cuatro libros en su vida. Su base en este campo es muy poco sólida. Está
acostumbrada a no esforzarse, pues sus padres le han dado todo, nunca le ha
faltado de nada... hasta ha tenido estudios fuera para aprender francés e
inglés... aunque habla estos idiomas mínimamente: mantiene pequeñas
conversaciones no demasiado complejas.
Es bastante sociable,
aunque siempre dentro de una marcada superficialidad. Inestable: cambia mucho
de estado de ánimo y pasa de estar más o menos bien a venirse abajo. Insegura,
acomplejada, caprichosa, con un fondo bueno en su conducta... Este humor
fluctuante es su rasgo esencial. Sus padres lo destacan con insistencia: se
deprime, se vuelve irritable, tiene reacciones eufóricas y está dotada de una
susceptibilidad enorme...
Es desordenada,
inconstante, poco sólida a la hora de hacer algo. Va y viene en sus metas y
también en sus criterios. Simpática, abierta, comunicativa, coqueta.
Ahora las relaciones
en su casa han empeorado y se muestra agresiva con sus padres, llega de
madrugada y no explica dónde ha estado. Ha empezado muchas cosas, pero las
abandona enseguida. Se derrumba ante las dificultades.
Los padres han
elaborado un informe previo a la primera visita, a petición nuestra, en el que
nos preguntan si esto «es una enfermedad psicológica que se cura con
pastillas». Están muy preocupados. Ella, la consultante, se encuentra
prácticamente ajena a la preocupación de sus padres... y piensa que se exagera
con todo lo suyo.
Estamos ante una
persona sin voluntad. Tras realizar un estudio psicobiográfico y escuchar la
información de los padres, observamos que éstos han cometido un frecuente
error: a su hija le han dado de todo en exceso, nunca le ha faltado de nada.
«Nosotros hemos
querido lo mejor para ella y lo que no tuvimos nosotros en nuestra juventud, se
lo hemos querido dar a ella. »
Aquí arranca parte
del problema.
Ella, «la consultante
a la fuerza», nunca ha tenido que luchar demasiado para conseguir algo, pues
siempre ha obtenido todo lo que ha querido o necesitado sin tener que
esforzarse. Es decir, no ha entrenado la voluntad, no la ha puesto en acción, y
esto ha ido llevando, con el paso del tiempo, a tener una voluntad virgen,
puesto que no ha habido necesidad de luchar y de sembrar con tesón y constancia.
Esa falta de entrenamiento ha sido a largo plazo definitiva para su
personalidad, hasta conducirla a una inmadurez grave, que hace presagiar males
mayores (NOTA 4). Aquí estamos claramente ante una abulia psicológica. En
algunos de estos casos, la psicoterapia no es fácil, pues elevar el nivel de
propuestas de conducta choca con la filosofía del «me apetece», que consiste en
haber hecho casi siempre sólo lo que le ha gustado, lo que ha resultado más
fácil y menos exigencia haya supuesto. Así se traza un estado psicológico que
será difícil de modificar hacia otro más positivo.
NOTA:
3 Como ya he
comentado en el capítulo VIII, «Educación sentimental», las cuatro experiencias
afectivas más importantes son: los sentimientos, las emociones, las pasiones y
las motivaciones. La forma habitual como cursa esta educación es por los
carriles que le trazan los sentimientos. Pero el motor es siempre la
motivación. Entre ellos hay relaciones recíprocas muy sutiles.
NOTA:
4 Siendo siempre frío
y cartesiano en el análisis, esta falta de voluntad que ahora se presenta como
ausencia de proyecto y poca capacidad para tener metas y conseguirlas, tendrá a
la larga unos resultados negativos en su trabajo profesional —aún por
determinar— y en la vida conyugal. En el primero, no doblará el cabo de sus
propias posibilidades, instalándose en una posición sin pretensiones. En la
segunda, será una candidata a la separación conyugal, pues no hay que perder de
vista que la convivencia de la pareja es el tema en donde es más importante
poner en acción la voluntad.
En resumen, con los
datos que tenemos, si no cambia con la ayuda de la psicoterapia que se va a
iniciar y toma conciencia de sus carencias, su experiencia será zigzagueante y
fracasará en los tres o cuatro aspectos más determinantes que impone la vida a
todo ser humano. Vuelvo al argumento que ha sido un rítornello a lo largo de
todo este libro: Una voluntad educada lo puede casi todo.
Igual que la soberbia
suele nacer de una imagen falsa de uno mismo, la falta de voluntad se ha ido
alimentando a base de no creer en las propias posibilidades y abandonarse ante
el primer revés. Quien aprende a conocerse y sabe sus aptitudes y limitaciones,
pero se arriesga con retos personales concretos, que desafían su fragilidad,
llegará a lo que se proponga. El que empieza, tiene la mitad conseguida.
LA PERSONA CAPRICHOSA
Es más aconsejable
ejercitarse a través del esfuerzo y las dificultades, que hacerlo en un
peligroso dolce far niente interminable, que irá conduciendo a tener una
personalidad sin argumentos, débil y con la que no se llegará demasiado lejos.
La persona caprichosa es incapaz de mantener ninguna propuesta seria de cara al
futuro. ¿Cuáles son sus principales características?, ¿qué elementos la
definen?, ¿cuál es su perfil psicológico? Lo primero que hay que puntualizar es
que alguien se vuelve caprichoso poco a poco, no de forma momentánea, de hoy
para mañana. Una persona acumula muchos factores: errores en la educación por
parte de los padres, sobre todo si ha existido una protección excesiva; el
consentimiento de absolutamente todo cuando se es pequeño; la falta de
motivación para tener pequeños objetivos de lucha... y muchas veces, el mal
ejemplo de los padres, que actúa como un potente deseducador; por otra parte,
también influyen los fallos personales que ya se inician al final de la
infancia y que van a ir escorando la conducta hacia posturas bastante
negativas: una comodidad excesiva, seguir la ley del mínimo esfuerzo para las
tareas escolares, la falta de generosidad en el día a día en la familia, la
inapetencia, la pereza, la indolencia para tener orden en las cosas que se
utilizan habitualmente... y un largo etcétera.
En definitiva, son
muchas las cosas que se han descuidado hasta ir alcanzando esa actitud que
forma al ser caprichoso. Su perfil es el siguiente: no está dispuesto a
renunciar a los deseos inmediatos, no tiene hábito para los esfuerzos concretos
y frecuentes, lo quiere todo en el momento... No sabe negarse nada.
Ya hice una atenta
alusión a la diferencia entre desear y querer
(NOYA 5), actitudes en que los deseos no están basados en causas
razonables, sino sujetos a una permanente variación: ahora apetece esto y luego
aquello otro, y más tarde se pretende aquella cosa que acaba de aparecer ante
los ojos... hay una mudanza constante. ¿Por qué? Por dos motivos: uno, porque
no se sabe bien lo que se quiere, y otro, porque no se está educado en el valor
de la renuncia, ya que demasiadas veces se ha dicho que sí a todo lo que pide
paso y apetece. Este ceder permanente produce un cierto horror a lo que supone
una cierta exigencia. El resultado va a ser el siguiente: ese rumor tantas
veces escuchado interiormente del «No puedo», «Para qué tanta lucha», «La gente
no se complica tanto la vida», «Espera a mañana para empezar tus esfuerzos»...
Ese rumor, al agigantarse, se va convirtiendo en un tirano que obliga a llevar
a cabo lo que le viene en gana, la inclinación del instante, sin saber esperar
y sin saber continuar.
El sujeto caprichoso
es inmaduro, débil y posee una base deficitaria para cualquier trabajo serio
que signifique fortaleza para poder vencer la resistencia de su desidia, apatía
y dejadez. Esta persona no sabe que todo lo que tiene valor cuesta conseguirlo.
Todo lo grande que el
hombre alcanza es fruto de una tenacidad valiente.
La empresa de
ascender y llegar hasta la mejor cima personal está centrada en esa regla de
oro de la educación: repetir actos positivos, para acostumbrarnos a aspirar a
lo más valioso, aunque cueste. La fuerza de voluntad se consigue a base de un
conjunto de hábitos buenos, que una y otra vez se han ido abriendo camino, para
llevar a cabo o lo deseado, aquello que antes o después será más favorable.
La gana es la forma
vulgar del deseo, una veleta que gira según la dirección del viento del
momento: hoy va hacia allá y después, hacia acá, y más tarde, se detiene. El
que tiene la voluntad férrea es capaz de hacer lo que se propone hoy o mañana.
Quien tiene una voluntad frágil no decide por sí mismo, sino que hay algo o
alguien que decide por él Y esto tiene traducciones concretas a lo largo de la
vida cotidiana: una persona se ha acostumbrado a comer sin restricciones y
raramente prescinde de algo, porque le cuesta, e incluso le produce tristeza
cuando no sucede como quiere; el estudiante poco avezado en hacer planes de
estudio no acaba de sentarse en la mesa de trabajo delante de los libros, hace
cualquier cosa, menos eso; a quien tiene mal carácter y quiere llevar siempre
la razón, le cuesta mucho que le corrijan y no admite la menor injerencia en su
conducta. Estos ejemplos son botones de muestra de lo que irá siendo poco a
poco una persona caprichosa.
A fuerza de decir a
todo que sí y de permitírselo todo, una persona se va transformando en alguien
sin sujeción a las normas o reglas; es alguien arbitrario, inconstante en sus
objetivos, sin propósitos claros ni firmes. Vive a su antojo, con un ansia de
cosas cambiantes y rotatorias, presididas por una curiosidad sin fundamento.
Una locura de la conducta que va a resultar ridícula
cuando se analice con
objetividad, pues camina hacia la constitución de una personalidad muy sui
generis: frívola, superficial, variable en sus gustos y orientaciones, que se
parece al niño mimado, consentido, malcriado, voluble, echado a perder para cualquier
empresa humana de cierta envergadura. Una persona realmente de poco valor, que
casi todo lo que emprenda irá mal, si no es capaz de corregirse y aprender con
sus fracasos. Todas estas incorrecciones se manifestarán en los cuatro aspectos
fundamentales del proyecto vital: en el personal tendrá una personalidad pueril
y arbitraria; en el afectivo será incapaz de construir una pareja estable, en
el profesional no doblará el estrecho de Magallanes de sus verdaderas
posibilidades; y en el cultural, se caracterizará por una mediocridad donde la
televisión y la ley del mínimo esfuerzo lo llenen todo.
Este es el retrato
del caprichoso. Los psiquiatras sabemos que corregir a una persona así puede
llegar a ser casi imposible, salvo que se produzca un fracaso monumental, de
gran envergadura, que despierte del letargo e ilumine el desastre de sus
planteamientos. No es fácil salir de ese estado y, al final, se pagan todos los
errores juntos, hilvanados por el mismo hilo: el deseo vehemente de haber hecho
siempre lo que apetecía, perdiendo la cabeza por seguir la ruleta de los
estímulos inmediatos. El caprichoso debe iniciar el réquiem por vencerse en lo
pequeño, por dominarse en las cosas de cada día; si no cambia, no hará en la
vida nada que merezca la pena, pues irá tirando, que es la peor manera de
funcionar.
Volvemos a la otra
cara de la moneda. La voluntad templada en la lucha es una disposición activa
para sobreponerse y alcanzar triunfos concretos y no muy costosos. Es necesario
el entrenamiento; como en toda ascensión, lo válido es ir dando pasos por el
camino trazado y recomenzar siempre que sea necesario, volviendo sobre la
motivación y la ilusión, que siempre están en la base de la meta. Repito:
avanzar poco a poco, atravesando baches y dificultades, aunque momentáneamente
esté lejos la meta o la cumbre. Quien se lance en esta dirección verá que se
trata de una experiencia fantástica, irá descubriendo muchas dimensiones
ignoradas de su vida y se dará cuenta de sus verdaderas posibilidades. Si
persiste, estará muy cerca de la felicidad.
NOTA:
5 Véase el capítulo
VI, «Voluntad y proyecto personal», pág. 101 y ss. Los deseos brotan de las
apetencias, pero no nacen de una determinación personal, que mejora y de alguna
manera hace progresar el proyecto, sino que lo que se busca es algo que apetece
de entrada, aunque no sea positivo, ni valioso.
El querer arranca de
la motivación, de algo atractivo que empuja hacia delante y que conducirá a una
mejora personal. Esa es la gran empresa de la educación: enseñar a distinguir
una de otra. Porque la raíz de la conducta motivada está en saber elegir, lo
cual debe estar dirigido hacia la elaboración y cultivo de los valores. El
deseo se relaciona con lo inmediato y su búsqueda es rotativa y cambiante,
agotándose pronto y necesitando un continuo revival, una reactivación
incesante.
El querer aspira a
valores mediatos (lejanos), no busca tantas sensaciones vertiginosas, sino que
está centrado en ir logrando peldaños del proyecto personal. Mientras el querer
atrae, el deseo distrae; uno hace madurar, el otro es un pasatiempo que
entretiene, pero hace perder forma y tensión para la lucha, porque produce
dispersión.
Dice el texto
clásico: «Animo imperavit sapiens, stultus ser-viet» (El hombre sensato
gobernará sus pasiones, el necio será esclavo de ellas). Hoy, al jugar con las
palabras, éstas quedan a merced de las modas, y muchas veces a la libertad
personal le llamamos liberación y al no ser dueño de uno mismo, emancipación.
En el libro XIII de
los Anales, de Confucio, se cuenta que Tzu-Lu, le hizo al gran maestro la
siguiente pregunta: «Si el Señor de Wei le llamara para que se hiciera cargo de
la administración de su reino, ¿cuál sería la primera medida? "La reforma
del lenguaje", le respondió. » La manipulación de los términos es hoy un
ingrediente importante en esta ceremonia de la confusión. Hay que recuperar el
auténtico sentido de las grandes palabras, como amor, libertad, alegría,
placer, etc.
DIEZ REGLAS DE ORO PARA EDUCAR LA VOLUNTAD
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