LECTURA II: Educación
de la voluntad., de Enrique Rojas, Psiquiatra español.
CURSO: EDUCACIÓN
DE LA VOLUNTAD DESDE LA MIRADA DEL CINE
PROFESORA: ANA
MARÍA MADARIAGA MEZA
Enrique Rojas
La conquista de la voluntad
Cómo conseguir lo que te has propuesto
© Enrique Rojas Montes, 1994
© EDICIONES TEMAS DE HOY, S. A. (T. H. ),
1994
I. EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD
¿QUÉ ES EDUCAR?
La palabra educar cobija bajo su seno
multitud de significados. Muchos de ellos son incluso imprecisos, si nos
atenemos estrictamente a lo que queremos referirnos en este libro. Su
etimología nos pone frente a sus referencias más concretas. Deriva del latín
educare, ir conduciendo de un lugar a otro; y también de educere, extraer,
sacar fuera. El primer significado subraya un proceso que debe llevarse a cabo
paso a paso y que tiene un sentido dinámico, algo que se produce en plena
movilidad; el segundo se refiere más a los resultados, pero contando con la
habilidad del educador, que debe saber sacar el máximo provecho de esa persona,
todo lo bueno y positivo que lleva dentro.
Educar es ayudar a alguien para que se
desarrolle de la mejor manera posible en los diversos aspectos que tiene la
naturaleza humana. Las educaciones particulares especifican el sector de que se
trata. No es lo mismo la educación sentimental, que la sexual, que la que se
refiere a la esgrima, al inglés, al dominio de la voluntad o toda la
concerniente al campo cívico. Educar significa comunicar conocimientos y
promover actitudes. Conocimiento quiere decir que hay una transmisión de
información inicial que nos sitúa frente al tema concreto. Eso es mucho y a la
vez poco. Pensemos en la educación sexual: uno no aprende a gobernar y a ser
dueño de su sexualidad por el único hecho de conocer la anatomía, la fisiología
y los demás mecanismos endocrinológicos de su organismo. Necesita, además, que
esa información se acompañe de una orientación. Esa es la formación: dar pautas
de conducta adecuadas que nos digan y expliquen con claridad, por ejemplo, para
qué sirve la sexualidad, qué se debe hacer con ella... y si es bueno decir que
sí a cualquier estímulo sexual que aparezca ante nosotros.
Información y formación constituyen un
binomio clave en toda educación. La primera abre la puerta, y la segunda nos
instala en el proceso educativo. Son dos etapas sucesivas y complementarias.
No hay educación completa si falta alguna de
ellas. Recibir información es acumular una serie de datos, observaciones y manifestaciones
específicas. La formación va más allá: ofrece unos criterios para regir el
comportamiento, de acuerdo con una cierta orientación; pretende sacar el mejor
partido posible de los conocimientos recibidos, favoreciendo la construcción de
un hombre más maduro, más sólido y firme, más humano y más espiritual, más dueño
de sí mismo. Se puede decir, incluso, que educar es hacer que alguien aprenda a
vivir con alegría.
Los resortes principales que permiten
alcanzar los objetivos propuestos se inspiran, por un lado, en la motivación, y
por otro, en el esfuerzo. El uno mueve, y el otro hace que a través de pequeñas
luchas concretas, repetidas una y otra vez, se llegue a un entrenamiento en el
autodominio, el control de la propia conducta y en el ir sabiendo posponer lo
inmediato. Por ahí se descubre la senda que nos hace ver lo mejor de nosotros
mismos.
Toda educación tendrá los siguientes
apartados y derivaciones:
1. Educar es mostrar una cierta doctrina. Eso
es dirigir, encauzar, llevar hacia una región determina da. No es lo mismo la
educación en Psiquiatría que en Derecho Civil, en Informática o en
Bioquímica, pero en todas ellas late una meta
similar: llegar a dominar una serie de conocimientos más o menos básicos que
posibiliten moverse en ese campo con rigor.
2. Educar es perfeccionar ciertas facultades,
mediante motivaciones, ejercicios específicos, ejemplos, etc. Se aprenden unas
reglas que ayudan a desarrollarse con soltura en esas tareas.
3. Toda educación conduce a la formación de
un ser humano más completo, coherente y maduro. Completo, porque ha sido capaz
de integrar vertientes diversas adecuadamente; coherente, porque busca que
entre la teoría y la práctica, las ideas y la conducta, se dé una relación
armónica; y maduro, porque de ese modo alcanzará un buen equilibrio personal
entre los distintos componentes de su patrimonio psicológico (sensopercepción,
memoria, pensamiento, inteligencia, conciencia, afectividad, etc. ), físico y
social. En cualquiera de los idiomas tiene el mismo significado y aplicación.
4. La mejor educación debe ayudar a la mejor
formulación y desarrollo de nuestro proyecto personal. Hay en ella dos ideas:
concluir, que no es otra cosa que señalar una dirección, guiar,llevar el timón.
En los ejércitos profesionales que funcionan bien, el capitán, cuando avanzan
en combate, no dice, «¡Adelante!», sino «¡Seguidme!», con lo que da a entender
que él va delante, abriendo camino. Esa es la principal tarea del educador; la
obra consiste en promover, dirigir hacia unas metas determinadas, atractivas,
que lleven a cierto nivel de perfeccionamiento.
5 Es esencial la tarea del educador. Se educa
más por lo que se es, que por lo que se dice. Las palabras mueven, pero el
ejemplo arrastra. Es decir, el alumno suele fijarse en el profesor, buscando
algo. La exposición atractiva de otra vida incita a imitarla de alguna manera.
El poder del educador depende menos de sus palabras que de su presencia
silenciosa y auténtica. Puede haber muchos profesores y educadores que enseñen
distintas materias y asignaturas, pero hay pocos que sean maestros. En el
proceso del modelo de identidad, la figura del profesor es decisiva, ya que
quizá signifique el descubrimiento de una persona ejemplar a la que admirar,
con la que poderse identificar uno y que sirve como punto de referencia firme
en que apoyarse.
EDUCAR
A UNA PERSONA ES ENTUSIASMARLA CON LOS VALORES
Generalmente se han descrito tres posiciones
respecto a la forma de educar. La primera se centra en la espontaneidad: el
niño y el adolescente van creciendo con muy pocas normas, moviéndose con
soltura y dictando ellos mismos sus patrones de conducta. La segunda enfatiza
el voluntarismo, desde muy pequeño el niño aprende a dominar su voluntad,
dirigiéndola no a lo que le apetece, sino a lo que a la larga resulta mejor
para él; ésta es mi postura, aunque sin excesos. Y, por último, la tercera
aboga por una vía intermedia: el niño se educa según el complejo juego que se
establece entre espontaneidad y disciplina, libertad y autoridad.
Cada persona es un misterio y un tesoro, algo
que hay que ir resolviendo y desvelando; un ser valioso que conviene poner en
ruta hacia lo mejor de su destino. Descifrar a cada individuo y cuidarlo para
que dé lo mejor de sí mismo es la tarea del educador. En otros términos, educar es convertir a
alguien en una persona más libre e independiente. Toda educación humaniza y
llena de
amor. Si no es así, el trabajo llevado a
cabo, por mucho que se llame educativo, no es tal; si esclaviza, aprisiona y no
libera de verdad, a la larga tendrá un valor negativo.
Educar es instruir, formar, pulir y limar a
una persona para que se vuelva más armónica y sea capaz de gobernarse a sí
misma. La mejor educación pretende construir la felicidad, pero sin olvidar que
no hay felicidad sin sacrificio y renuncias. Un ser humano enriquecido: ésa es
la pretensión. Si todos somos perfectibles y defectibles, la educación nos
aportará nuevos ideales y lo necesario para comportarnos de acuerdo con nuestra
naturaleza. Como decía Sócrates a su amigo Hipócrates: «Un sabio es un comerciante
que vende géneros de los que se nutre el alma. »
Existen dos máximas muy válidas cuando se
habla de la educación: «No hay voluntad si no hay conocimiento de la meta» (Nihil
volitum nisi praecognitum), y aquella otra, algo distinta, pero con el mismo fondo:
«No se puede amar lo que no se conoce».
Toda educación es una labor de orfebrería: se
debe labrar a golpe de martillo y de cincel hasta conseguir la obra bien
acabada.
Pero no hay que olvidar que la vida es un
ensayo y, por eso, el hombre se convierte en un animal descontento, siempre
incompleto y siempre haciéndose a sí mismo: es el eterno ritornello que
comporta todo lo humano. Se trata de una operación progresiva y lenta que
necesita tiempo para ir asimilando lo que le llega; un proceso gradual y
ascendente, integral y unitario, que abarca todo lo que puede conducir a la
realización más completa de la persona, según sean sus facultades (físicas,
intelectuales, afectivas y de la voluntad) y circunstancias individuales
(familiares, de residencia, etc. ).
Si la tarea del educador va más allá de la
explicación de ciertos conocimientos, es porque tiene que saber estimular. El
aprendizaje de una materia concreta pueden lograrlo muchas personas, pero el
maestro debe también enseñar a vivir, ayudar a conocer la realidad personal y
circunstancial en su riqueza y profundidad. De este modo emergen los valores.
Tan importante como el contenido es la
personalidad de quien educa. Si ésta es singular, positiva y coherente, dará
clase con su sola presencia; si es amorfa, incoherente y poco atractiva, aunque
exponga los temas con claridad, siempre faltará algo en sus enseñanzas. La
actitud del educador, al igual que sus modales, ha de ser propositiva. Así, sus
silencios resultarán elocuentes y su palabra modelará y arropará al que la
escucha.
LA
EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD ESTÁ COMPUESTA DE PEQUEÑOS VENCIMIENTOS
El tema de la voluntad nos afecta a todos de
forma directa. Mientras escribo estas líneas, pasan por mi mente muchas
imágenes referentes a mí mismo en este territorio. La vida, con sus exámenes,
va dando cuenta de nuestra existencia, y lo hace mostrándonos —aunque no
queramos— si hemos sabido o no educar la voluntad para arribar a los puertos
que nos habíamos planteado. La voluntad es capacidad para hacer algo
anticipando consecuencias; una disposición interior para anunciar o renunciar; algo
propio del hombre, tanto como la inteligencia y la afectividad.
La razón nos hace distinguir lo accesorio de
lo fundamental, nos enseña lo que es tener espíritu de síntesis y nos ayuda a ensayar
una solución concreta en un momento determinado 1. La vida afectiva se expresa
a través de los sentimientos, las emociones, las pasiones y las motivaciones,
de las que ya hemos hablado. La vía habitual es el sentimiento, que se define
como un estado subjetivo, positivo o negativo, que suele tener un tinte difuso,
etéreo, pero que nos permite tomarle el pulso a los impactos que nos rodean.
Casi al mismo nivel sitúo yo la voluntad, algo que no se tiene porque sí, algo
que no se recibe de forma hereditaria, como el color de los ojos, la estatura o
el tipo morfológico. La voluntad es una aspiración que exige una serie de
pequeños ensayos y esfuerzos, hasta que, una vez educada, se afianza y produce
sus frutos.
Para el niño y el adolescente, educar la
voluntad significa en primer lugar huir del culto al instante (del latín
instans-antis: lo que está ahí), según el cual lo más importante es vivir lo
inmediato.
Goethe escribía: «Detente, instante, eres tan
bello. » Todos los poetas han cantado a esos «momentos privilegiados», a esas
experiencias puntuales tan relevantes y fecundas, sobre todo para las personas
dedicadas a las tareas creativas. Sin embargo, un síntoma frecuente de escasa
voluntad es buscar sólo la exaltación instantánea de lo más próximo.
Lo primero que necesitamos para ir domando la
voluntad es ser capaces de renunciar a la satisfacción que nos produce lo
urgente, lo que pide paso sin más. Lo inmediato puede superarse y rebasarse
cuando existen otros planes, a los que nos hemos adherido y que han sido
incluidos dentro de nuestro proyecto de vida, el cual no se improvisa, sino que
se diseña. Esta concepción, lógicamente, supone muchas renuncias.
La existencia es vectorial: va desde el
presente hacia el futuro, pero en ella todo 2 tiene sentido, porque forma parte
de un concepto general que tenemos de nuestra vida. Lo que empuja es el futuro,
lo que está por llegar, y precisamente nos ilusiona porque nos conduce a la autorrealización.
La alquimia de los estímulos se transforma merced a esa alegría de alcanzar
algún día las metas propuestas.
NOTA: 1 Según la psicología cognitiva, rama
de la psicología moderna que se inspira en el modelo informático, la
inteligencia es la facultad para recibir información, procesarla de forma
adecuada y reaccionar con respuestas correctas. Nos ayuda a poner orden en
nuestros conocimientos, con el fin de producir la mejor conducta posible,
dentro de lo que es la condición humana. Pues bien, tan
importante como la inteligencia es para mí la
voluntad, ya que el hombre con voluntad puede llegar en la vida más lejos que
el hombre inteligente.
2 Por todo entiendo aquí los más diversos
avatares que puedan sucederle al hombre. Si hay un proyecto coherente y bien
edificado, el dolor, el sufrimiento, la decepción, la humillación, el
fracaso... tienen sentido. ¿Por qué?, ¿de qué manera? El sufrimiento, en sus
diversas formas, cura al hombre de su profunda soberbia y lo va volviendo más
amoroso con los demás. A la corta, lo frena; pero, a la larga, lo hace más
humano, más comprensivo y tolerante. Cuando estos impactos negativos no son
recibidos así, el hombre se neurotiza y se torna agrio, amargado, resentido,
echado a perder...
El mismo sufrimiento que hace madurar a unos
conduce a otros a uno de los peores capítulos de la psiquiatría: la
personalidad enferma. . La diferencia está en el modo de aceptarlo en el
contexto del proyecto personal.
La voluntad es determinación, firmeza en los
propósitos, solidez en los objetivos y ánimo frente a las dificultades. Todo lo
grande del hombre es hijo de la abnegación; así, por ejemplo, la entereza de
volver a empezar, cueste lo que cueste, privándose uno de cosas buenas, pero
que en ese momento exigen un recorte para después dirigirse hacia objetivos de
mayor densidad. Quien tiene educada la voluntad es más libre y puede llevar su
vida hacia donde quiera. El hombre de nuestros días, convulsionado y un tanto
perdido, deambula de un sitio a otro, muchas veces sin unos referentes claros.
Cuando la voluntad se ha ido formando a base de ejercicios continuos, está
dispuesta a vencerse, a ceder, a dominarse, a buscar lo mejor. En este sentido,
podemos llegar a afirmar que no se es más libre cuando se hace lo que apetece,
sino cuando se tiene capacidad de elegir aquello que hace más persona, cuando
se aspira a lo mejor; y para ello, hay que tener una cierta visión de futuro.
La aspiración final de la voluntad es perfeccionar, aunque teniendo en cuenta
que somos perfectibles y defectibles. Si hay lucha y esfuerzo, se puede ir
hacia lo mejor; si hay dejadez, desidia, abandono y poco espíritu de combate,
todo se va deslizando hacia una versión pobre, carente de aspiraciones, de
forma que surge lo peor de uno mismo.
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